jueves, 12 de abril de 2012

1980

Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"

  –¿Qué pasa allí? –pregunté a un vecino que miraba a lo lejos.
–Mira pa´llá… ¡qué molotera!, un carro se estrelló frente a la florería.
–¿Hubo muertos?
–Creo que dos.
Dejé de preguntar y seguí mi camino al trabajo. Siempre procuraba ser el primero en llegar. Era jefe de turno y me gustaba dar el ejemplo. Por el camino se agolpaban curiosos por todas partes. Querían saber el verdadero motivo de la molotera frente a la Florería. Hasta el carnicero había dejado de vender el pollo del racionamiento.
–¿Poco trabajo, Elías? –le dije al carnicero y sonreí. Una inmensa cola de vecinos se alteraba mientras esperaban por su inoportuna curiosidad.
–No ¡qué va! Mira como está la carnicería, pero quiero ver al atracador que cogieron.
–¿Pero no fue un accidente automovilístico? –dije asombrado.
–¿De dónde tú sacaste eso? Fue a un desgraciado que cogieron asaltando a una viejita –respondió muy seguro.
La duda me inquietó. Pero no podía seguir detenido por un evento contradictorio, ya iba atrasado. Reinicié la marcha. Cuanto más me acercaba a la florería, más compacto se hacía el tumulto de personas que obstruían el camino al trabajo.
–Oye, jefe, tremenda moña hay en esa casa, mataron a los dueños para robarle –dijo uno de mis trabajadores, que era vecino de la zona, cortándome el paso.
“¡Coño, ahí es donde viven el Chino y su esposa! ¿Las habrá sucedido algo a ese par de viejos?”, pensé. 

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lunes, 9 de abril de 2012

Tostado Tostado, novela políciaca de Alberto Acosta Brito


Tostado Tostado, novela políciaca


Una herencia lleva al clímax el viejo conflicto entre Lino y su hija Inés. Las pasiones se destapan: codicia, desamor, intereses malsanos, deshonestidad, manipulaciones. Un oculto pasado amenaza a todos. La muerte sale de las tinieblas dejando una estela de desgracias. Alguien que ha escondido el pasado lucha por sus hijos. Una terrible carnicería se desencadena tras la herencia y el amor negado. La bella Celia y su jefe luchan por encontrar al asesino. Un inesperado final les espera en el policíaco “TostadoTostado”.


Más sobre Tostado Tostado

En la década del 90 del pasado siglo, Cuba cayó en una profunda crisis económica y con ella se desmoronó todo el sistema de valores de la sociedad. Buscar dinero a como diera lugar se volvió una rutina social, muchos segmentos se prostituyeron y las personas sacaron sus instintos más perversos como modo de supervivencia. Algunos empezaron a soñar herencias y a tratar de conectarse con ramas genealógicas que le dieran un posible dividendo. España, la otrora Madre Patria, fue la mira principal.
Lino y María, emigrantes cubanos en Estados Unidos llegan a su país de origen de una forma no deseada. En España habían sido sorprendidos por una desagradable noticia a la hora de tramitar una herencia millonaria perteneciente  al padre y al tío de Lino, quienes habían ocultado su existencia por desavenencias éticas con el posible uso de ella. El padre de Lino, que se dedicaba a los trajines politiqueros durante la república mediatizada no aceptaba las intenciones de su hermano, un viejo luchador comunista, que pretendía donar su parte al gobierno cubano. Los dos hermanos, con la tozudez que caracterizaba a los españoles que emigraron hacia Cuba, nunca se pusieron de acuerdo para dar curso legal al cobro de la herencia, hasta que después de morir ambos, el único descendiente directo, Lino, trató de cobrar la millonaria fortuna.
Inés, única hija de Lino, desde Cuba y a través de una consultoría jurídica internacional, había presentado el testamento dejado por su abuelo antes de morir que le aseguraba a ella los derechos de propiedad sobre la casa, ante la sabida pretensión de Lino de desfavorecerla para beneficiar a Erminia, la hija consentida de su esposa. Inés, hábilmente, había usado dicho testamento para meter las manos en la herencia.
María, que tiraba de la cuerda tras bambalinas en el conflicto entre Lino e Inés, que no pasaba de ser una venganza contra la infidelidad de la madre de Inés, tenía un pasado desconocido, un pasado que regresó convertido en un problema.
Pero la herencia no es sólo eso, es el hilo conductor que va guiando la novela entre las oscuras motivaciones del hombre, es la quimera de los oportunistas como el bacalao, padrino de santería de varios de los personajes de la obra; Ernesto, el concubino de Erminia, un vividor que sabía explotar a su favor la fealdad de su concubina; y Roberto, el hermano de ella, quien se siente con el derecho de vivir del dinero de su madre. Todos de una forma u otra deseaban el beneficio de la herencia y cualquiera pudiera ser el asesino.
En la otra arista de la novela está el trabajo policial y algunos de los conflictos internos que se pudiera presentar la policía en la vida real. Celia, oficial que lleva el caso, es una bella mujer que debe luchar para resolverlo y a la vez batallar en un medio donde impera el machismo.


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Autor: Alberto Acosta Brito

Cubano.Graduado de Economía desde 1991. Promotor Cultural desde 1993. He participado en dos talleres literarios auspiciados por la UNEAC. Premio ARTECO (Arte Comunitario) por el ensayo "La dignidad". Participación en el concurso ARTECO en fotografía (2001).
Pre-selección del V Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve. Pre-selección del IX Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve. Premio Municipal de cuentos "Francisco Mir Mulet", 2005 en la Isla de la Juventud. Finalista del concurso de novela YoEscribo.com 2005. Segundo lugar en el concurso carácter nacional Mangle Rojo.
Obras publicadas: el libro de cuentos “El héroe y el vendedor” (2007), el cuento “La basura y yo” en la antología “Las señales del escriba” (2009), de Ediciones Ancora, y  un poema en la antología beisbolera “Aedas en el estadio” (2009),  de la editorial Unicornio.
Ahora publico de forma independente en Smashwords, el Kindle de Amazon, Xinxii, Lulu y Bubok.
He escrito más de 300 poesías, 25 cuentos, 1 novela y otras 3 en fase de terminación.
Me encanta escribir y siempre logro hacerlo durante algunas horas diarias.
Puedes leer extractos gratis de mis escritos en este blog, en mi web o en las plataformas de publicación.
Espero las disfrute.

Alberto Acosta Brito
Twitter 
http://twitter.com/@AlbertoAcostaBr
E-mail
albertoacostabrito@gmail.com
Blog
http://albertoacostabrito.blogspot.com/
web
http://albertoacostabrito.galeon.com/

viernes, 6 de abril de 2012

Poema 7: Convicción



Convicción
 

Amor, es sensación incomprensible,
símbolo de poetas,
letras esculpidas en cualquier cosa.
Amor, es lo que confunde y desorienta
lo que derriba y construye.
Amor, es suspiro creador,
código hermético
irreverencia ante lo bello…
                            lo único…
                            lo irrepetible.
Amor, son ustedes,
aquellos, nosotros, cualquiera;
todos, hasta yo.
Pero sobre todas las cosas;
amor, eres tú. 


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jueves, 5 de abril de 2012

La Aurika (3ra parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”

La Aurika, 3era parte
 
–Que se acerquen los representantes de cada una de las partes –ordenó el Juez.
Un señor de cuello y corbata, con un elegante portafolio de piel de serpiente, se acercó a la mesa y dijo algo, después señaló para las señoras. El juez al ver que faltaba nuestro representante, preguntó:
–¿Y el abogado de ustedes?
–Yo no sabía que había que traer abogado, solo vine a buscar mi lavadora.
Todos en la sala rieron. Yo estaba convencido que un tipo como yo, trabajador de toda una vida, se le sobresaldrían los méritos por encima de la ropa, llegado el momento. El juez golpeó la mesa con un mazo de madera y sonrió para decir:
–Usted está aquí para litigar una lavadora, no para llevársela –incriminé a mi esposa con la mirada: ¡Comemierda, debiste estudiar derecho y no magisterio!, le dije en silencio. Ella pareció escucharme, bajó la cabeza.
–Quién se va a llevar esa lavadora lo determino yo, en dependencia de las pruebas que obren a favor o en contra de cada una de las partes –aclaró el letrado.
Mi esposa levantó el rostro con evidente ira. Imaginé su réplica: ¡Comemierda serás tú! La niña estaba en el medio. Era como un muro de contención. Sin ella nos hubiéramos ido a las manos. Dime, ¿qué te dieron tus diplomitas de cumplidor de la Emulación Socialista y tu condición de Vanguardia?... estúpido, estúpido. Gritaba, estaba seguro de que lo pensaba. El Juez no dejaba de cuestionarnos–. Debió haber ido a un bufete de abogados y solicitar los servicios de un civilista...–de esta pierdo a mi esposa. ¿Qué mujer quisiera estar con un fracasado? con un tipo que se deja timar con tanta felicidad. Ninguna, pensé. ¡No seré el primero, ni el último! Muchos estuvimos comiendo mierda por años. Sentí un fuerte nudo en la garganta al verme separado de mi hija. ¡Coño, tengo que reconocer que las quiero!– Si decidió defenderse usted mismo, vamos a ver como sale de aquí –indicó el Juez.
Así empezaba el caso de la lavadora Aurika. El juez oyó todas las partes implicadas. Las mulatas no abrieron la boca; el abogado habló por ellas. Mencionó un millón de por cuantos y artículos mientras demostraba la intachable conducta de sus defendidas. Se apoyaba con un montón de papeles. Nosotros solamente llevábamos el carné de identidad. Mi esposa debió pensar así. No me conocía tan bien como se imaginaba. Se llevaría un fiasco. No sabía de mi carta escondida. Era una sorpresa. Solo esperaba el momento preciso para sacarla y así desacreditaría a las dos estafadoras. Sería mi triunfo, el que me haría recuperar su confianza. Volvería a sentir orgullo de tener un marido intachable, un hombre inteligente y trabajador. No un estúpido, como el que estaba mirando. Se le notaba en el rostro, en aquella mirada fija que me entraban por el medio del pecho. Viví en un eterno reproche por haberlas abandonado en casa, domingo tras domingo. Me iba a la fábrica a hacer trabajos voluntarios. Cumplía con los días de la defensa y con cuánta mierda inventaran. ¡La niña quiere salir a un parque con su papá, ir al cine, vernos juntos! Pedía constantemente. Pero lo hecho, hecho está, y el tiempo no regresa, no vuelve atrás. Ahora estaba en condiciones, según había calculado, de reivindicarme frente a ella y mi hija. Volvería a ser el mismo de antes. El que se batía a capa y espada en aquellas reuniones sindicales en defensa de los méritos que quisieron escamotearme, en ocasiones, ciertas pandillas laborales. Así me hacía sentir la carta que escondía. Era algo que certificaría mi pasado luminoso. Estaba cerca el momento de gritar: ¡aquí esta tu Vanguardia! El que se ganó el televisor soviético, el aire acondicionado soviético, el refrigerador soviético, la batidora soviética, la lavadora soviética, el que te hizo aprender hablar como los soviéticos y que te llevó a pasear al país de los sóviet. Pensaba en toda la gloria proletaria que habíamos vivido hasta que el juez preguntó:
–¿En qué usted trabaja, ciudadano?
La pregunta me puso a temblar. Por ese camino mi plan se vendría abajo. Hacía seis meses no trabajaba. Había quedado desempleado. No, esa no es la palabra correcta. Se dice: disponible. Quedé disponible debido a un cambio de tecnología. Soviética por canadiense. Fui excluido de la recalificación por haberme sobrepasado de la edad límite. Treinta y cinco años y un día. Por veinticuatro horas había quedado obsoleto junto a la antigua tecnología. Y por mucho que reclamé y busqué el apoyo sindical, terminé en una fábrica donde ganaba solo un tercio del anterior salario. Trabajé varias quincenas de ayudante. Cargaba insumos para una pila de negros analfabetos, llenos de collares de santerías, cadenas y dientes de oro, que más que trabajar lo que hacían era robarse lo que producían. Trabajé en un hervidero de alcohol, droga, polvos y cuchillos.
El juez estaba impaciente por la respuesta. Yo titubeaba para darla. Sabía que quedaría a la par de cualquier antisocial. No aceptaría mi historia. En un juicio hay que ser concreto, por primera vez sentí que perdería mi vieja lavadora.
–No estoy trabajando.
–¿De qué usted vive, ciudadano… quién mantiene su familia?
–Mi esposa es la que trabaja, yo me ocupo de las cosas de la casa.
–¡Ah! La lavadora es para que usted no se le lastime sus manitas.
Todos se rieron. El juez me ridiculizaba ante todos.  Parecía estar con un chicle en la boca. Las mandíbulas no dejaban de moverse.
–La lavadora es para que esté con su dueño, y usted está para impartir justicia, no para burlarse de mí –respondí.
–Aquí se hace y se dice lo que yo disponga.
Armamos un careo, del que salí mal parado. Me impuso una multa de doscientos pesos por desacato. En ese momento estuve convencido que no lograría sacar mi carta escondida.
–El que tenga la propiedad del equipo que la presente –dijo el Juez.

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domingo, 1 de abril de 2012

Preámbulo para un suicida


Me busqué en esa maldita lista, pero mi nombre no apareció. Al salir del teatro tenía la cabeza a punto de estallar; en la garganta se atoraba un nudo. No sabía cómo enfrentar la situación en la casa. A mi esposa le había negado, muchas veces, mi atención en aras del trabajo, poniéndola incluso a soñar con las divisas que ganaría al ser reabierta la fábrica, daba por seguro mi permanecía en el centro laboral.
–¿No estás ahí? –dijo Amable, un compañero que también se buscaba, y al contestarle negativamente sugirió que revisara en las listas puestas frente a la Administración–. En aquellas debes de estar –aseguró.


Crucé la calle con actitud suicida al finalizar la jugarreta montada tras la bambalina del teatro, del otro lado alguien esperaba.
–¿Estás loco? ¿O te quieres morir? –dijo Mario, un antiguo amigo de clases.
–Loco no estoy –respondí bien molesto.
–No permitiré que cometas una locura, menos ahora que vamos a ser yuntas. Te invito a tomar unos tragos, sé que no eres bebedor, pero hoy la ocasión lo amerita, vamos a ser compañeros en la pincha –aseguró Mario. 
Me dirigí al lugar indicado por Amable y desesperado busqué en los listados frente a la administración. Mi nombre no apareció, esto me llevó a entrar a la oficina donde fui recibido por el administrador que esbozaba una sonrisa y fumaba un gran Habano.


–Ven, mi yunta, te invito a tomar unos tragos, sé que no eres bebedor, pero hoy la ocasión lo amerita, vamos a ser compañeros en la pincha, aseguró.
No entendía las palabras de Mario, mi infortunio lo mantenía en absoluto secreto, y ser su compañero era estar en la calle metido en negocios turbios con dinero siempre en los bolsillos, cosa que no se ceñía a mi vida austera y laboriosa. Por un momento pensé que era un reclutamiento para alguna de sus sinvergüencerías. No abrí la boca, me encontraba atormentado, lo sucedido detrás de las bambalinas del teatro, me tenía con desgano. Acto seguido Mario me tomó por un brazo arrastrándome a un bar cercano.


–¿Qué se le ofrece, compañero? –dijo el administrador en tono muy pausado pese a mi forma brusca de entrar.
–Vine a que me explique el porqué quedé fuera de todas esas listas.
El administrador absorbió una bocanada del oloroso tabaco, convidándome a sentar, su serenidad hizo que lo obedeciera sin decir una palabra.
–Trae dos laguer bien fríos –pidió mi amigo al cantinero. Nos sentamos y me acodé en la barra para sostener la cabeza.
–Cerveza no, si voy a tomar quiero algo que me raspe la vida.
–¡Oh, qué bien!, mejor así, yo también soy bebedor fuerte... pon dos vasos con vodka y una naranjada –volvió a ordenar Mario.
Con los dos vasos llenos de vodka mi amigo propuso un brindis.
–¿Brindis?... ¿Por qué?
–Porque vamos a ser yuntas en la pincha, yo te enseño a meter cabeza y tú me alumbrarás dentro de la fábrica, llevas un montón de años dentro del monstruo.
Aunque estaba claro lo que decía Mario, seguía sin entenderlo, no tenían lógicas sus palabras. Lo observé con detenimiento antes de emitir criterio alguno, él permanecía bebiendo y concentrado en su vaso de vodka pintado de naranjada, yo el mío ni lo tocaba. Se divertía con su vaso y mi recelo, al tiempo que esperaba mis palabras.


–Mire, compañero, nosotros solos no hicimos la selección, estuvieron presentes todos los factores del centro, incluyendo el socio extranjero y la comisión fue presidida por el sindicato, quien dio el visto bueno –aclaró el futuro gerente.
–¿Cómo el sindicato va a dar el visto bueno a mi despido? Si yo estoy lleno de méritos, era hasta Vanguardia provincial. ¡Coño!, estúpido que fui. ¿Con qué cara digo en casa que quedé fuera de la fábrica?
El futuro Gerente solo me observaba fumando el gran Habano, no hizo el más mínimo de los gestos, atendía como si calculara una respuesta.


–Oye, compadre, ¿cómo si la fábrica está cerrada y no se sabe cuando vuelve a abrir, ni quienes se quedarán trabajando en ella, vas a venir con tanta seguridad a decirme que seremos compañero de trabajo?
–Voy a entrar por uno de los cursos que pusieron a convocatoria –contestó Mario.


–No se ponga así, compañero… –dijo el administrador–, el Estado no deja desamparado a nadie. ¿Usted se buscó en el listado que está en el pasillo?
–Sí, es por eso que estoy aquí.
El administrador hizo una mueca de asombro.
–Entonces le otorgaron un curso que no le gustó, ¿es eso?
–No, creo que he sido bien claro, ¡no aparezco ni en los centros espirituales!
–¡Tiene que existir un error! El consenso sobre usted era insuperable.
–Esa es mi esperanza, que exista algún error.


Lo miré sorprendido, él se mostró risueño con su vista clavada en mí, ya nos veíamos, nuestras pupilas se habían adaptado a la penumbra del bar. Recordaba el pasado, la época en que estudiábamos, realmente Mario cursaba dos cursos por encima del mío.
–Es imposible que puedas entrar a la fábrica por uno de esos cursos –le dije.
Después hice algunos análisis. La convocatoria de los cursos no es muy específica, no aclara la procedencia de los aspirantes, pero está bien definido, como un requisito inviolable e indispensable, el límite de edad.
–Dame una razón que me imposibilite entrar en uno de ellos –respondió desafiante Mario interrumpiendo mi meditación.


El administrador se levantó de su butacón, salió en dirección al lugar donde estaban colgadas las listas, las husmeó por un rato hasta que decidió regresar.
–Dígame, ¿Qué edad tiene usted?
–Treinta y cinco.
–¿Cumplido o por cumplir?
–Hace tres meses que los cumplí.
–Esto me dice que cuando se reunió la comisión ya había cumplido los treinta y cinco años –el futuro Gerente hizo un brusco movimiento de cejas.
–¿Qué tiene que ver mi cumpleaños con quedar fuera; sin trabajo?
–Usted no ha quedado sin trabajo, mejor diríamos, que está por reubicar, además tiene derecho a reclamar ante su sindicato. Le pregunté su edad para ganar en claridad y poder explicarle su situación –dijo el administrador comunicándome que los cursos eran para menores de treinta y cinco años.


–Compadre, no sea porfiado, ¿tú no leíste la convocatoria? –dije a Mario quien confesó que a través de otro amigo conoció de la convocatoria, que nunca leyó y el mismo amigo hizo la solicitud entregándola a su nombre.
–¡Tu amigo no te habló claro!... ¡Existe un límite de edad para entrar en esos cursos y tú estás bastante pasadito! –afirmé frente a Mario quien siguió bebiendo feliz, risueño; muy seguro de entrar al curso. Ya iba por el tercer vaso de vodka, el mío se mantenía intacto, pero el tipo me simpatizaba y llegué a solidarizarme y hasta creí comprender su actitud panglosiana. Éramos dos incautos de sueños truncados. Yo perdía mi trabajo, mis sueños de cobrar divisas. Él, su curso y su sueño de volver a ser mi compañero.


–¡Qué clase de mierda me han hecho! –grité en las oficinas, no podía creer lo que sucedía, apenas por treinta días de vida perdía la permanencia laboral.
En ese mismo momento hice la primera reclamación, teniendo cuidado que nadie se enterara en la casa, estaba seguro de que mi reclamo era irrebatible. Las listas se marchitaban en los murales, casi a diario iba a revisarlas con la esperanza de que mi nombre apareciera en una de ellas, hasta que recibí una citación para el teatro de la fábrica. Ese día fui dispuesto a defender mis derechos frente a los de la comisión, y ante un representante sindical salido de no sé dónde.

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sábado, 31 de marzo de 2012

Poema 8: Parodia de amor


Moriré, aunque simplemente no moriré.
Moriré, pero estaré en ti y en mí.
Moriré, con el pecho abierto cediéndote el corazón.
Moriré, para henchir los espacios prohibidos.
Moriré, con tu imagen atrapada en las pupilas.
Moriré, sin suspender uno solo de mis latidos.
Moriré,  y seré cadáver privado –solo para ti–.
Moriré, a libre albedrío y espontáneamente.
Moriré, y mi muerte hará la parodia
de este amor clavado en mi pecho.


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viernes, 30 de marzo de 2012

La Aurika (2da parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”

La Aurika, 2da parte

 
Los tres forcejeábamos, ellas empujaban la Aurika hacia arriba, yo hacia abajo. Una me agredió, mi esposa la abofeteó. La Aurika cayó al piso. La policía llegó.
En la estación siguió la discusión al no ponernos de acuerdo junto al jeep, un oficial gritó para romper el nudo de palabras:
–Uno a uno, por favor, que no se entiende lo que dicen. ¡Si no se callan los meto en el calabozo!
Nos tranquilizamos. Una tregua. El oficial comenzó a darnos la palabra. Empezó por las portentosas mulatas llenas de alhajas. Pura caballerosidad, dijo.  Yo fui el último. Al parecer mi esposa y mi hija no existían para él.
–El dueño que enseñe la propiedad –ordenó.
–¡Ah, pero esos trastos viejos ya no tienen propiedad!, Si usted pidiera la propiedad de un aparato ultramoderno, vaya, un equipo de música como el que está en mi coche, por ejemplo –dijo una de las mulatas–, un trasto de estos se puede encontrar botado en cualquier esquina –aseveró risueña y coqueta.
El oficial sonrió. Intercambiaron sonrisas. ¡Vaya ricura de mulatas refinadas en el exterior! Eso debió pensar el policía. Mi esposa aprovechó el desliz emocional de la autoridad para contarle la historia de pujas y conflictos que antecedieron la compra de la vieja Aurika. Salió a colación la endemoniada reunión de méritos y deméritos donde hube de pelear duro contra mis compañeros de trabajo; la fábrica completa aspiraba a la única lavadora asignada.
–Muy interesante el cuento, pero ¿y la propiedad dónde está? –inquirió el oficial.
Sin pensarlo saqué de un bolsillo el vale de servicio del taller con la intención de mostrarlo:
–A usted no le he pedido nada –dijo molesto.
–Pero, oficial, mire este es el…
–No tengo que mirar nada, guárdese el papelito –ordenó.
Bajé mis manos y “el papelito”. Vaya papelito inútil, el que mi esposa puso delante del oficial.
–Esto no es lo que pido –dijo el oficial.
Por lo menos no se lo rechazó, pensé.
–Si no se ponen de acuerdo, van a tener que ir a juicio. 
Salimos de la unidad con las manos vacías. Nuestra hija lloraba. Las mulatas se quedaron rezagadas. Acogían cuanto beso le brindaran. ¡Vaya baboseo!
–¡Tú verás, mi amor, que estas hijas de putas te van a poner a lavar a mano!
–No acabo de entender, si tienen tanto dinero, ¿para qué quieren la Aurika? –preguntó mi mujer con el rostro entristecido.
–No entiendo lo que pasa, ni lo que nos pasará, pero vamos a tener que litigar nuestra vieja lavadora ante un juez, ¡cojones, con la cantidad de trabajos voluntarios que tuve que hacer para ganármela!
El día del juicio nos presentamos temprano en el pequeño local donde radicaba el Tribunal Popular de base o barrio, como algunos decían. Las dos mulatas llegaron justo a la hora de ser abierta la sala. Se desmontaron de una limosina marca Volvo, último modelo. Inmediatamente fueron rodeadas por una comisión de embullo. Las personas mascaban chicles, entre ellos, el oficial que nos había atendido en la estación. Un efluvio francés, se impuso en el recinto. Nuestro tibio olor a limpio se diluyó con la llegada de las dos mulatas refinadas en el exterior. Corroía todo lo que alcanzaba. El Juez se hizo esperar por casi una hora. Al irrumpir en la sala todos nos pusimos de pie. A la orden de sentarse, ocupamos nuestra posición. A continuación, leyó los papeles que estaban sobre la mesa y dijo:
–Al parecer hoy va a ser un día corto, ¿un solo litigio, Secretario?
–Sí –respondió el ayudante que lo miró nervioso o tal vez sorprendido.
Dos Alguaciles del Tribunal, apoyaron al Secretario con ademanes afirmativos.
–Que se acerquen los representantes de cada una de las partes –ordenó el Juez.

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jueves, 29 de marzo de 2012

Poema 6: Ascuas




Ascuas


Haz como si estuvieras en ascuas.
Pero asegúrate al subir
llevar una sonrisa en los labios
y el corazón en las manos.
Asegúrate de llenar mi boca
con endemoniados besos.
Asegúrate de que seas tú
la tempestad añorada.

Haz como si estallaras
bajo mi cuerpo.
Pero asegúrate que el dolor y el placer
se conviertan en orgasmo.
¡Qué se rompan los dientes!
en enfurecidas carnes,
que sature tu talante
el sabor placentero.
Que sea el amor
quien alimente la hoguera. 


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sábado, 24 de marzo de 2012

Los ahorcados en el KDP Select

La obra, dividida en cuatro partes, se enmarca dentro de un proceso revolucionario consolidado, sumido en una inédita crisis económica. De pronto, los valores que con tanto esmero inculcara a sus ciudadanos el proceso revolucionario finiquitan, haciendo renacer nuevamente los valores de la antigua sociedad. Todos los que habían confiado y creído en los postulados revolucionarios de los padres fundadores, postulados que exacerbaban la pureza, la honestidad, el sacrificio, la solidaridad y la equidad social, quedan desorientados y muy mal parados con el transcurrir de una crisis que es eternizada en la obra.
Esta primera parte termina con la aparición de los hijos de Gloria, viuda de un insigne ministro. En ellos se refleja el pensamiento más recóndito de la burguesía revolucionaria enquistada en el poder, es la benefactora casi exclusiva de la suntuosidad del bienestar, como dijera Mezquida en un diálogo mientras adoctrinaba a uno de sus pupilos.
El poder, componente determinante en la vida de los hombres y de las relaciones sociales, los amores poco ortodoxos, lo divino, la doble moral, el engaño y el odio, se unen en un todo y sugieren con sutileza el leitmotiv de cada uno de los personajes, atados a un fuerte instinto de supervivencia que subyace en cada escena como hilo conductor. Es la naturaleza humana quien corroe involuntariamente la conciencia de los hombres, parece clamar Valdecruz, que se transfigura con suspicacia en Mezquida, es la natura, lo inevitable, lo intrínsico del ser.
En la segunda parte de la obra se nos devela una sui géneris cofradía alcohólica: La parrilla de los borrachos. En ese lugar aparecen, en medio de los conjuros de Ada, seres fantásticos como el Maestro Machete, el Abogado Mendigo, el Ministro Andarín, que obligan al tío de Nora a realizar una labor de desmitificación. Es el lugar donde se sirve con naturalidad los exóticos caviar y pate criollo, es el lugar en que no falta el asado y donde los borrachos y los menesterosos de la ciudad quedan protegidos de la espantosa hambruna. Los actores secundarios matizan la debacle social y sus acciones antes, durante y después de la gran crisis, marcarán el derrotero de cada cual en un lapso de cincuenta años.

viernes, 23 de marzo de 2012

Poema 5: Animal de siete vidas



Animal de siete vidas

Esa mujer grita,
va hacia las esquinas
donde insulta
y esconde sus sudores.
Esa mujer posee siete vidas de gato
mientras yo busco refuerzos
apuntalo el sexo de este animal
de fibras y mil formas de crujir.
Fui víctima de la tentación,
puedo asegurar que estoy vivo
pero lleno de insultos y demoledores jadeos
que enaltecen el letargo liberado.
Esa mujer es un buen pretexto animal
lleva la verdad del juego peligroso
cargando en sus pechos
el crepitar  de las medallas.
Ahora soy nuevamente  víctima
situado en cualquier sitio,
un monarca pálido
atrapado en una gran abertura
donde se pierden los cojones
y mis brazos que arrancan pelos
esquivan dentelladas entre orgasmo y esperma.
El último grito de la fiera
quedó en un  raro espanto,
sin renunciar… jamás;
al llanto… a los ritos… al delirio y,
aún poco más de muerte y placer.



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jueves, 15 de marzo de 2012

La Aurika (1ra parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”


La Aurika, 1era parte.

La lavadora Aurika estaba en el borde de la acera; la suerte nos había acompañado ese día. El equipo, increíblemente, tuvo reparación en un taller cercano. Mi esposa cantaba a nuestra hija una canción infantil. Se veían felices, ajenas a mí y al motivo que nos había llevado a aquella esquina. Aparté la vista de ellas por un momento; para ser sincero llevaba un tiempo con la vista apartada del mundo, hasta de ellas, solo esporádicamente pequeños raptos felicidad me inducían a mirarlas. Me había transformado en un cautivo de la vida pasada o mejor dicho de la vida que me había pasado por encima. Con todo y eso, la prefería y la añoraba. Me eternicé en una inútil divagación mental sobre un pasado que jamás volvería. De eso quedé convencido aquel día al mirar hacia el borde de la acera donde ya no estaba nuestra lavadora. La Aurika ahora estaba detrás de un lujoso jeep todoterreno. Dos refinadas mulatas, llenas de alhajas, la cargaban. Corrí hacia ellas. Mi esposa arrastró a la niña, secundando mi acción.
–Compañeras, ¿qué hacen con mi lavadora? –dije a las elegantes señoras.
–¿Tu lavadora?... La tuya será otra, porque esta es nuestra –dijeron en copla perfecta, con evidentes ínfulas de superioridad–, paramos para acomodarla porque maltrataba nuestra compra –acotaron.
El interior del jeep estaba repleto de mercancías compradas en divisas, de esas que hacen empequeñecer a cualquier hombre honrado y trabajador que viva solo del salario y que además, tenga esposa e hija. Nosotros, mi familia y la vieja Aurika, dábamos una sensación de anacronismo junto a aquella gota de esplendor ostentoso caída en una ciudad que lloraba piedad y miseria.
–¡No!... esa es mi lavadora, la que gané mérito a mérito, con mi trabajo.
–Me parece que te confundiste –dijo una de ellas– ¿méritos?... –murmuró– mira, yo no sé de donde tú saliste, porque hasta donde nosotras conocemos las cosas se compran con dinero, no con esa cosa que mencionaste –acotó a la vez que su compañera la apoyaba con gestos–, busca la tuya, que esta se compró con dinero.
Los tres forcejeábamos, ellas empujaban la Aurika hacia arriba, yo hacia abajo. Una me agredió, mi esposa la abofeteó. La Aurika cayó al piso. La policía llegó.

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viernes, 9 de marzo de 2012

Poema 4: Aflicción


Aflicción

Tú me dejaste fuera de ti,
y yo puse una bomba,
y me hice terrorista,
me convertí en asesino en serie,
invertí la preferencia sexual,
me emborracho a toda hora,
organizo noche a noche una orgía con cien mujeres,
juego todo lo que tengo y más,
te amenazo de muerte,
y a pesar de todo
y por muchas cosas que me invente;
tú, no te me sales de adentro.


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El Héroe y el vendedor, 4ta parte


Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"


–¿Es todo lo que tiene? ¿Puede hablarme sobre él? –imploré, necesitado de algo y alguien que pudiera aportar más detalles. Esas frías biografías, una hija de la otra, no se asemejaban al testimonio del vendedor. El especialista no fue muy cooperativo, afirmó carecer de más información, tampoco sabía quién era el autor de la biografía, no dejó que la transcribiera por falta de tiempo, y no se pudo pasar el escrito a un disquete por problemas en el ordenador.
El bibliotecario cerró el programa y apagó el equipo, realmente se veía apurado. Salí del local y mientras caminaba por la espaciosa biblioteca la desazón reprendía mis meditaciones, sintiéndome insatisfecho.
Alberto, Alberto, no puedes pretender que te hablen del mártir de la misma manera que lo hizo el vendedor, él vivió la historia que repetía. Faltaban pocos metros para llegar a la puerta de salida, aminoré el paso y miré hacia un punto donde había varias mesas con sus sillas, un fondo con ventanas de cristal y una gran vitrina, cerca de la puerta, hacia dónde me dirigí. Viejos documentos, medallas y trofeos, además de varias fotos, se guardaban detrás del cristal. Todo se veía opaco y marchito dentro del mueble, era evidente que desde hacía años no recibían tratamiento de conservación, total ¿para qué?, todo el mundo pasaba frente a la vitrina sin recabar en ella, en cualquier momento te sacan de aquí, murmuré frente a ella mirando las fotos y demás elementos expuestos.
La historia tantas veces descrita, mis investigaciones, mi necesidad de saber y conocer a fondo la vida de aquel joven, tomaron otro matiz al ver sus objetos personales frente a mí. Me sentí cerca de él al ver sus diplomas escolares, sus fotos y sus trofeos.
Con los datos recabados de las biografías y el material histórico que tenía al frente se hacía menos impersonal, pero sus fotos me consternaron, siempre lo había imaginado maduro, de fracciones duras y con vasta experiencia en la vida y la lucha revolucionaria. Había sido asesinado casi al final de la adolescencia, las fotos descubrían rasgos infantiles, desprovistos de temple y valentía, contrastando con su grado de Capitán, Jefe de la Célula número 8, de acción y sabotaje, del Movimiento 26 de Julio en una Habana inconstitucional, corrupta y tiránica.
–Se puede quedar aquí adentro –sugirió el bibliotecario que salía apresurado–. ¡Ah!, no le abra a nadie.
Al parecer estaba tan sumido en la vitrina, que no se atrevió a sacarme de la biblioteca, pese a ser un extraño.
–Esas fotos, documentos y trofeos fueron una donación hecha por los familiares del mártir, creo que la hermana y la madre. La biografía la hicieron en la Casa de los Combatientes del municipio –afirmó, cerrando la puerta.
Solo en el inmenso salón y frente a la historia que se mostraba en la vitrina quedé extasiado por un largo rato. La historia del vendedor y mi historia preconcebida tenían que ser ajustadas, según la biografía, el suceso había ocurrido sobre las tres de la tarde, dos horas después fue encontrado por amigos y familiares en el hospital Emergencia con un tiro en la nuca que fue lo que lo mató, el disparo fue hecho a boca jarro, duró cuatro días con vida, nunca recobró el conocimiento.
El balazo recibido frente a mi testigo, dio en su espalda, herida que tenía en el cuerpo a la hora de su muerte. El tiro escuchado por el vendedor dentro de la escalera, no hizo blanco. Según mis deducciones, el disparo que lo hirió de muerte fue el realizado en la perseguidora, en la calle 18 antes de doblar por 17.
Todo me llevaba a la Asociación de Combatientes de la Revolución del Municipio Plaza. 
–No, compañero, de ese mártir no hay nada escrito –argumentó una funcionaria–, ahora es que estamos investigando sobre él, será declarado el mártir del municipio –anunció–. Lo que sabemos es que intentó huir de un patrullero al ser delatado. Él nunca pudo llegar a la escalera ni entrar al edificio, antes, un tiro en la espalda lo derribó.
Mi versión de la historia le intereso mucho; fue más que evidente, manteniéndose casi todo el tiempo en silencio e impávida. Nunca rebatió mi relato. Solo se dedicó a exponer los elementos tal y como los conocía. Por último, me dio la dirección y el número telefónico del historiador de la Asociación para que diera mi versión, cosa que no hice.
Al terminar las pesquisas me dirigí al lugar de los hechos. Pasé las manos sobre el bronce de la tarja. Mis dedos palparon las palabras inscrita a relieve.
–Mártir no, héroe es tu estirpe, no fuiste a la lucha por hambre, ni porque te viste envuelta en ella, ni por librarte de alguna deuda o condena, no aspirabas a conquistar ciudades, como muchos otros, fuiste todo coraje, desprendiéndote de lo que poseías y de un futuro tranquilo, para ti, mi respeto –exclamé en el lugar donde tantas veces revolqué mi cuerpo cuando jugaba mientras fui niño.
En ese momento creí tener certeza sobre lo ocurrido el siete de agosto de 1957 en la intersección de las calles 18 y 19 en el Vedado capitalino.
Una siniestra sonrisa exhibía el rostro del viejo vendedor, aún respiraba. ¿Cuál habría sido su participación?

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domingo, 4 de marzo de 2012

El Héroe y el vendedor, 3ra parte


Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"

–Eran unos asesinos, lo arrastraron boca abajo por las escaleras, como si fuera un saco, su cara chocaba sin misericordia en cada escalón y sobre el piso de granito de la entrada el edificio –siempre contaba el vendedor, conteniendo su respiración, nunca quiso que sus hijos lo vieran llorar–, pero el muchacho se repuso y se incorporó, le dio otra paliza. Por segunda vez, tambaleándose, trató de ganar las escaleras, era su única vía de escape. Tres de los policías vestían uniformes, el cuarto, vestido de civil y que se había mantenido alejado de la persecución y las palizas, salió del auto y disparó. El joven cayó al piso antes que pudiera llegar a la puerta del edificio. Tinto en sangre, el cuerpo de José Ramón yacía muy cerca del contén, después fue tirado en el patrullero, que salió chillando gomas del lugar. Antes de doblar a la calle 17 se sintió un disparo dentro de la perseguidora, al parecer era el tiro de remate.
Al otro día fui al tecnológico. Caminé alrededor de dos kilómetros para llegar al objetivo. Detuve la marcha a mitad del recorrido, frente a una tarja, que tenía inscrito el nombre del joven. Era el lugar del asesinato. Ubiqué en mi mente todos los elementos de la historia, y así poder reconstruir los hechos en el mismo sitio. ¿Cómo es posible que se conozca tan poco de ti?, musité frente al memorial, también recordaba que en ese mismo lugar, en esa misma intersección, pasé parte de mi infancia, cuatro años después de su muerte comencé a andar por el sendero que marcó su sangre.
 Luego del trámite de la puerta del tecnológico quedé enredado en los laberintos de la escuela, hasta que pude encontrar la oculta cátedra dónde trabajaba mi amigo. Ya en el lugar, en el sótano del edificio, era esperado por la eterna sonrisa de Martino.
–¡Toma el mural! –dijo sin protocolo de recibimiento, entregándome una tabla que reposaba en el suelo y que cumplía tal fin. Con ansiedad husmeé el mural hasta dar con un escrito pegado con tachuela, que poco a poco fue cubriendo toda mi imaginación y puntos de vista. Pero al terminar de leer la cuartilla noté imprecisiones respecto a mi historia, además, mis expectativas eran grandes y la crónica realmente era breve, tornándoseme insustancial.
–¿No hay más? –pregunté.
–Ahí está todo, si quieres más te recomiendo que subas a la biblioteca, allí hay hasta objetos personales de él, y quizás el viejo del archivo tenga en la computadora más datos.
En un pequeño local en el fondo de la biblioteca había un empleado atendiendo a varios estudiantes que solicitaban sus servicios. Una pequeña mesita, un armario sobre el que se amontonaban varias máquinas de vídeos, un mueble con puertas de cristal y la computadora en su mesita eran varios de los componentes del cuarto.
–¿Qué desea, compañero? –inquirió el bibliotecario al percatarse de mi presencia. Los alumnos dejaron de acosarlo, dedicándose a observarme. Le expliqué mi interés y mientras lo hacía movía su cabeza en forma negativa, al parecer era una maña, porque era recurrente y nunca la detuvo. Con mucho trabajo logró llegar al archivo de la computadora donde había otra biografía, tenía un poco de más datos que la leída en el mural de la cátedra.
–¿Es todo lo que tiene? ¿Puede hablarme sobre él? –imploré, necesitado de algo y alguien que pudiera aportar más detalles. 


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sábado, 3 de marzo de 2012

Poema 3: Epigrama


Epigrama

Ahíto mi boca y murmuro tu nombre.
Anido esperanzas en la dramaturgia y lo dramático.
Me aferro a tu trompa de de Falopio como cigoto en peligro.
Reproduzco gametos tuyos en mi mente.
Practico cuanta ciencia de amor exista.
Construyo autopistas de un solo sentido –el de regreso–.
Desdeño mi intelecto en descifrar tu estampa sediciosa.
Soy víctima que venera a su victimario.
Existo como cadáver sin reproches.
Te acostumbré a apretar el gatillo.


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