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sábado, 16 de febrero de 2013

La Aurika (1ra parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”


La Aurika, 1era parte.

La lavadora Aurika estaba en el borde de la acera; la suerte nos había acompañado ese día. El equipo, increíblemente, tuvo reparación en un taller cercano. Mi esposa cantaba a nuestra hija una canción infantil. Se veían felices, ajenas a mí y al motivo que nos había llevado a aquella esquina. Aparté la vista de ellas por un momento; para ser sincero llevaba un tiempo con la vista apartada del mundo, hasta de ellas, solo esporádicamente pequeños raptos felicidad me inducían a mirarlas. Me había transformado en un cautivo de la vida pasada o mejor dicho de la vida que me había pasado por encima. Con todo y eso, la prefería y la añoraba. Me eternicé en una inútil divagación mental sobre un pasado que jamás volvería. De eso quedé convencido aquel día al mirar hacia el borde de la acera donde ya no estaba nuestra lavadora. La Aurika ahora estaba detrás de un lujoso jeep todoterreno. Dos refinadas mulatas, llenas de alhajas, la cargaban. Corrí hacia ellas. Mi esposa arrastró a la niña, secundando mi acción.
–Compañeras, ¿qué hacen con mi lavadora? –dije a las elegantes señoras.
–¿Tu lavadora?... La tuya será otra, porque esta es nuestra –dijeron en copla perfecta, con evidentes ínfulas de superioridad–, paramos para acomodarla porque maltrataba nuestra compra –acotaron.
El interior del jeep estaba repleto de mercancías compradas en divisas, de esas que hacen empequeñecer a cualquier hombre honrado y trabajador que viva solo del salario y que además, tenga esposa e hija. Nosotros, mi familia y la vieja Aurika, dábamos una sensación de anacronismo junto a aquella gota de esplendor ostentoso caída en una ciudad que lloraba piedad y miseria.
–¡No!... esa es mi lavadora, la que gané mérito a mérito, con mi trabajo.
–Me parece que te confundiste –dijo una de ellas– ¿méritos?... –murmuró– mira, yo no sé de donde tú saliste, porque hasta donde nosotras conocemos las cosas se compran con dinero, no con esa cosa que mencionaste –acotó a la vez que su compañera la apoyaba con gestos–, busca la tuya, que esta se compró con dinero.
Los tres forcejeábamos, ellas empujaban la Aurika hacia arriba, yo hacia abajo. Una me agredió, mi esposa la abofeteó. La Aurika cayó al piso. La policía llegó.

Puede continuar leyendo en la próxima entrada de este blog, le esperamos
o si le apura puede continuar en:
http://albertoacostabrito.galeon.com/

o comprar el libro en solo 1 USD en: http://www.amazon.com/dp/B005S1TZSY
o en: http://www.smashwords.com/books/view/95876?ref=AlbertoAcostaBrito

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y en http://www.smashwords.com/profile/view/AlbertoAcostaBrito


martes, 27 de noviembre de 2012

La Aurika (1ra parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”

La Aurika, 1era parte.

La lavadora Aurika estaba en el borde de la acera; la suerte nos había acompañado ese día. El equipo, increíblemente, tuvo reparación en un taller cercano. Mi esposa cantaba a nuestra hija una canción infantil. Se veían felices, ajenas a mí y al motivo que nos había llevado a aquella esquina. Aparté la vista de ellas por un momento; para ser sincero llevaba un tiempo con la vista apartada del mundo, hasta de ellas, solo esporádicamente pequeños raptos felicidad me inducían a mirarlas. Me había transformado en un cautivo de la vida pasada o mejor dicho de la vida que me había pasado por encima. Con todo y eso, la prefería y la añoraba. Me eternicé en una inútil divagación mental sobre un pasado que jamás volvería. De eso quedé convencido aquel día al mirar hacia el borde de la acera donde ya no estaba nuestra lavadora. La Aurika ahora estaba detrás de un lujoso jeep todoterreno. Dos refinadas mulatas, llenas de alhajas, la cargaban. Corrí hacia ellas. Mi esposa arrastró a la niña, secundando mi acción.
–Compañeras, ¿qué hacen con mi lavadora? –dije a las elegantes señoras.
–¿Tu lavadora?... La tuya será otra, porque esta es nuestra –dijeron en copla perfecta, con evidentes ínfulas de superioridad–, paramos para acomodarla porque maltrataba nuestra compra –acotaron.
El interior del jeep estaba repleto de mercancías compradas en divisas, de esas que hacen empequeñecer a cualquier hombre honrado y trabajador que viva solo del salario y que además, tenga esposa e hija. Nosotros, mi familia y la vieja Aurika, dábamos una sensación de anacronismo junto a aquella gota de esplendor ostentoso caída en una ciudad que lloraba piedad y miseria.
–¡No!... esa es mi lavadora, la que gané mérito a mérito, con mi trabajo.
–Me parece que te confundiste –dijo una de ellas– ¿méritos?... –murmuró– mira, yo no sé de donde tú saliste, porque hasta donde nosotras conocemos las cosas se compran con dinero, no con esa cosa que mencionaste –acotó a la vez que su compañera la apoyaba con gestos–, busca la tuya, que esta se compró con dinero.
Los tres forcejeábamos, ellas empujaban la Aurika hacia arriba, yo hacia abajo. Una me agredió, mi esposa la abofeteó. La Aurika cayó al piso. La policía llegó.

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jueves, 5 de abril de 2012

La Aurika (3ra parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”

La Aurika, 3era parte
 
–Que se acerquen los representantes de cada una de las partes –ordenó el Juez.
Un señor de cuello y corbata, con un elegante portafolio de piel de serpiente, se acercó a la mesa y dijo algo, después señaló para las señoras. El juez al ver que faltaba nuestro representante, preguntó:
–¿Y el abogado de ustedes?
–Yo no sabía que había que traer abogado, solo vine a buscar mi lavadora.
Todos en la sala rieron. Yo estaba convencido que un tipo como yo, trabajador de toda una vida, se le sobresaldrían los méritos por encima de la ropa, llegado el momento. El juez golpeó la mesa con un mazo de madera y sonrió para decir:
–Usted está aquí para litigar una lavadora, no para llevársela –incriminé a mi esposa con la mirada: ¡Comemierda, debiste estudiar derecho y no magisterio!, le dije en silencio. Ella pareció escucharme, bajó la cabeza.
–Quién se va a llevar esa lavadora lo determino yo, en dependencia de las pruebas que obren a favor o en contra de cada una de las partes –aclaró el letrado.
Mi esposa levantó el rostro con evidente ira. Imaginé su réplica: ¡Comemierda serás tú! La niña estaba en el medio. Era como un muro de contención. Sin ella nos hubiéramos ido a las manos. Dime, ¿qué te dieron tus diplomitas de cumplidor de la Emulación Socialista y tu condición de Vanguardia?... estúpido, estúpido. Gritaba, estaba seguro de que lo pensaba. El Juez no dejaba de cuestionarnos–. Debió haber ido a un bufete de abogados y solicitar los servicios de un civilista...–de esta pierdo a mi esposa. ¿Qué mujer quisiera estar con un fracasado? con un tipo que se deja timar con tanta felicidad. Ninguna, pensé. ¡No seré el primero, ni el último! Muchos estuvimos comiendo mierda por años. Sentí un fuerte nudo en la garganta al verme separado de mi hija. ¡Coño, tengo que reconocer que las quiero!– Si decidió defenderse usted mismo, vamos a ver como sale de aquí –indicó el Juez.
Así empezaba el caso de la lavadora Aurika. El juez oyó todas las partes implicadas. Las mulatas no abrieron la boca; el abogado habló por ellas. Mencionó un millón de por cuantos y artículos mientras demostraba la intachable conducta de sus defendidas. Se apoyaba con un montón de papeles. Nosotros solamente llevábamos el carné de identidad. Mi esposa debió pensar así. No me conocía tan bien como se imaginaba. Se llevaría un fiasco. No sabía de mi carta escondida. Era una sorpresa. Solo esperaba el momento preciso para sacarla y así desacreditaría a las dos estafadoras. Sería mi triunfo, el que me haría recuperar su confianza. Volvería a sentir orgullo de tener un marido intachable, un hombre inteligente y trabajador. No un estúpido, como el que estaba mirando. Se le notaba en el rostro, en aquella mirada fija que me entraban por el medio del pecho. Viví en un eterno reproche por haberlas abandonado en casa, domingo tras domingo. Me iba a la fábrica a hacer trabajos voluntarios. Cumplía con los días de la defensa y con cuánta mierda inventaran. ¡La niña quiere salir a un parque con su papá, ir al cine, vernos juntos! Pedía constantemente. Pero lo hecho, hecho está, y el tiempo no regresa, no vuelve atrás. Ahora estaba en condiciones, según había calculado, de reivindicarme frente a ella y mi hija. Volvería a ser el mismo de antes. El que se batía a capa y espada en aquellas reuniones sindicales en defensa de los méritos que quisieron escamotearme, en ocasiones, ciertas pandillas laborales. Así me hacía sentir la carta que escondía. Era algo que certificaría mi pasado luminoso. Estaba cerca el momento de gritar: ¡aquí esta tu Vanguardia! El que se ganó el televisor soviético, el aire acondicionado soviético, el refrigerador soviético, la batidora soviética, la lavadora soviética, el que te hizo aprender hablar como los soviéticos y que te llevó a pasear al país de los sóviet. Pensaba en toda la gloria proletaria que habíamos vivido hasta que el juez preguntó:
–¿En qué usted trabaja, ciudadano?
La pregunta me puso a temblar. Por ese camino mi plan se vendría abajo. Hacía seis meses no trabajaba. Había quedado desempleado. No, esa no es la palabra correcta. Se dice: disponible. Quedé disponible debido a un cambio de tecnología. Soviética por canadiense. Fui excluido de la recalificación por haberme sobrepasado de la edad límite. Treinta y cinco años y un día. Por veinticuatro horas había quedado obsoleto junto a la antigua tecnología. Y por mucho que reclamé y busqué el apoyo sindical, terminé en una fábrica donde ganaba solo un tercio del anterior salario. Trabajé varias quincenas de ayudante. Cargaba insumos para una pila de negros analfabetos, llenos de collares de santerías, cadenas y dientes de oro, que más que trabajar lo que hacían era robarse lo que producían. Trabajé en un hervidero de alcohol, droga, polvos y cuchillos.
El juez estaba impaciente por la respuesta. Yo titubeaba para darla. Sabía que quedaría a la par de cualquier antisocial. No aceptaría mi historia. En un juicio hay que ser concreto, por primera vez sentí que perdería mi vieja lavadora.
–No estoy trabajando.
–¿De qué usted vive, ciudadano… quién mantiene su familia?
–Mi esposa es la que trabaja, yo me ocupo de las cosas de la casa.
–¡Ah! La lavadora es para que usted no se le lastime sus manitas.
Todos se rieron. El juez me ridiculizaba ante todos.  Parecía estar con un chicle en la boca. Las mandíbulas no dejaban de moverse.
–La lavadora es para que esté con su dueño, y usted está para impartir justicia, no para burlarse de mí –respondí.
–Aquí se hace y se dice lo que yo disponga.
Armamos un careo, del que salí mal parado. Me impuso una multa de doscientos pesos por desacato. En ese momento estuve convencido que no lograría sacar mi carta escondida.
–El que tenga la propiedad del equipo que la presente –dijo el Juez.

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viernes, 30 de marzo de 2012

La Aurika (2da parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”

La Aurika, 2da parte

 
Los tres forcejeábamos, ellas empujaban la Aurika hacia arriba, yo hacia abajo. Una me agredió, mi esposa la abofeteó. La Aurika cayó al piso. La policía llegó.
En la estación siguió la discusión al no ponernos de acuerdo junto al jeep, un oficial gritó para romper el nudo de palabras:
–Uno a uno, por favor, que no se entiende lo que dicen. ¡Si no se callan los meto en el calabozo!
Nos tranquilizamos. Una tregua. El oficial comenzó a darnos la palabra. Empezó por las portentosas mulatas llenas de alhajas. Pura caballerosidad, dijo.  Yo fui el último. Al parecer mi esposa y mi hija no existían para él.
–El dueño que enseñe la propiedad –ordenó.
–¡Ah, pero esos trastos viejos ya no tienen propiedad!, Si usted pidiera la propiedad de un aparato ultramoderno, vaya, un equipo de música como el que está en mi coche, por ejemplo –dijo una de las mulatas–, un trasto de estos se puede encontrar botado en cualquier esquina –aseveró risueña y coqueta.
El oficial sonrió. Intercambiaron sonrisas. ¡Vaya ricura de mulatas refinadas en el exterior! Eso debió pensar el policía. Mi esposa aprovechó el desliz emocional de la autoridad para contarle la historia de pujas y conflictos que antecedieron la compra de la vieja Aurika. Salió a colación la endemoniada reunión de méritos y deméritos donde hube de pelear duro contra mis compañeros de trabajo; la fábrica completa aspiraba a la única lavadora asignada.
–Muy interesante el cuento, pero ¿y la propiedad dónde está? –inquirió el oficial.
Sin pensarlo saqué de un bolsillo el vale de servicio del taller con la intención de mostrarlo:
–A usted no le he pedido nada –dijo molesto.
–Pero, oficial, mire este es el…
–No tengo que mirar nada, guárdese el papelito –ordenó.
Bajé mis manos y “el papelito”. Vaya papelito inútil, el que mi esposa puso delante del oficial.
–Esto no es lo que pido –dijo el oficial.
Por lo menos no se lo rechazó, pensé.
–Si no se ponen de acuerdo, van a tener que ir a juicio. 
Salimos de la unidad con las manos vacías. Nuestra hija lloraba. Las mulatas se quedaron rezagadas. Acogían cuanto beso le brindaran. ¡Vaya baboseo!
–¡Tú verás, mi amor, que estas hijas de putas te van a poner a lavar a mano!
–No acabo de entender, si tienen tanto dinero, ¿para qué quieren la Aurika? –preguntó mi mujer con el rostro entristecido.
–No entiendo lo que pasa, ni lo que nos pasará, pero vamos a tener que litigar nuestra vieja lavadora ante un juez, ¡cojones, con la cantidad de trabajos voluntarios que tuve que hacer para ganármela!
El día del juicio nos presentamos temprano en el pequeño local donde radicaba el Tribunal Popular de base o barrio, como algunos decían. Las dos mulatas llegaron justo a la hora de ser abierta la sala. Se desmontaron de una limosina marca Volvo, último modelo. Inmediatamente fueron rodeadas por una comisión de embullo. Las personas mascaban chicles, entre ellos, el oficial que nos había atendido en la estación. Un efluvio francés, se impuso en el recinto. Nuestro tibio olor a limpio se diluyó con la llegada de las dos mulatas refinadas en el exterior. Corroía todo lo que alcanzaba. El Juez se hizo esperar por casi una hora. Al irrumpir en la sala todos nos pusimos de pie. A la orden de sentarse, ocupamos nuestra posición. A continuación, leyó los papeles que estaban sobre la mesa y dijo:
–Al parecer hoy va a ser un día corto, ¿un solo litigio, Secretario?
–Sí –respondió el ayudante que lo miró nervioso o tal vez sorprendido.
Dos Alguaciles del Tribunal, apoyaron al Secretario con ademanes afirmativos.
–Que se acerquen los representantes de cada una de las partes –ordenó el Juez.

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jueves, 15 de marzo de 2012

La Aurika (1ra parte), cuento que aparece en el libro “Preámbulo para un suicida”


La Aurika, 1era parte.

La lavadora Aurika estaba en el borde de la acera; la suerte nos había acompañado ese día. El equipo, increíblemente, tuvo reparación en un taller cercano. Mi esposa cantaba a nuestra hija una canción infantil. Se veían felices, ajenas a mí y al motivo que nos había llevado a aquella esquina. Aparté la vista de ellas por un momento; para ser sincero llevaba un tiempo con la vista apartada del mundo, hasta de ellas, solo esporádicamente pequeños raptos felicidad me inducían a mirarlas. Me había transformado en un cautivo de la vida pasada o mejor dicho de la vida que me había pasado por encima. Con todo y eso, la prefería y la añoraba. Me eternicé en una inútil divagación mental sobre un pasado que jamás volvería. De eso quedé convencido aquel día al mirar hacia el borde de la acera donde ya no estaba nuestra lavadora. La Aurika ahora estaba detrás de un lujoso jeep todoterreno. Dos refinadas mulatas, llenas de alhajas, la cargaban. Corrí hacia ellas. Mi esposa arrastró a la niña, secundando mi acción.
–Compañeras, ¿qué hacen con mi lavadora? –dije a las elegantes señoras.
–¿Tu lavadora?... La tuya será otra, porque esta es nuestra –dijeron en copla perfecta, con evidentes ínfulas de superioridad–, paramos para acomodarla porque maltrataba nuestra compra –acotaron.
El interior del jeep estaba repleto de mercancías compradas en divisas, de esas que hacen empequeñecer a cualquier hombre honrado y trabajador que viva solo del salario y que además, tenga esposa e hija. Nosotros, mi familia y la vieja Aurika, dábamos una sensación de anacronismo junto a aquella gota de esplendor ostentoso caída en una ciudad que lloraba piedad y miseria.
–¡No!... esa es mi lavadora, la que gané mérito a mérito, con mi trabajo.
–Me parece que te confundiste –dijo una de ellas– ¿méritos?... –murmuró– mira, yo no sé de donde tú saliste, porque hasta donde nosotras conocemos las cosas se compran con dinero, no con esa cosa que mencionaste –acotó a la vez que su compañera la apoyaba con gestos–, busca la tuya, que esta se compró con dinero.
Los tres forcejeábamos, ellas empujaban la Aurika hacia arriba, yo hacia abajo. Una me agredió, mi esposa la abofeteó. La Aurika cayó al piso. La policía llegó.

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martes, 21 de febrero de 2012

La basura y yo (3ra parte)


Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"

–Mi vida, ¿botaste la basura? –fueron sus primeras palabras.
–Sí.
–¡Qué extraño! El carretón de la basura viene por ahí, y nunca pasa dos veces. 
–¿Cómo que el carretón? –dije asombrado.
–Sí, el carretón de la basura lo dejé atrás cuando venía. Yo no sé dónde la habrás botado, pero por no oír a mi madre pelear, no me interesa lo que hiciste con la bolsa.
Había caminado casi diez kilómetros por gusto. No tuve valor de sincerarme, suele ser desagradable hacer el papel de ridículo. Opté por callar y esperar el carretón del siguiente día. Al llegar mi suegra en lo primero que recabó fue en la basura y al ver no verla se mantuvo relajada el resto del día. Pasamos una noche de feliz convivencia. Amaneció y la rutina volvió a nosotros. Mi esposa se despidió con un beso, y mostrándome otra bolsa llena de desperdicios dijo:
–Amor, acuérdate de tu misión, de ella depende nuestra tranquilidad.
Estuve pendiente todo el día del carretón, cada vez que sentía los cascos de algún caballo sobre el asfalto o el crujir de un coche, bajaba las escaleras con las dos bolsas de basura. Al llegar la tarde y mi esposa, las piernas me pesaban.
–¿Te sientes mal? –dijo al verme acostado.
–No, estoy cansado.
–¿Escribiste mucho?
Respondí con una sonrisa irónica, después le conté lo difícil que se hacía identificar el carretón de la basura. De pronto se escuchó el sonar de una campana.
–Oye, mi amor, ese es el carretón, siempre toca un cencerro, y corre, que está cerca y no espera mucho.
Corrí escaleras abajo, deteniéndome en el borde de la calle, ahí esperé un buen rato hasta que oí gritar:
–Sube, amor, que fue una falsa alarma, él pasa primero por la calle de atrás.
El carretón pasó por la calle de atrás, por la de los costados y por varias más, siempre sonando los metales. Bajé tantas veces como sonó la campana. Cuando le tocó el turno a mi infortunada calle, bajé una vez más. El carretón recogía la basura de los edificios de la cuadra que colinda, pero no tuve fuerzas para llegar allí. Al concluir la recogida en aquel lugar, el carretón dio media vuelta, pero antes el carretonero hizo una seña con la mano indicándome que estaba lleno, que lo esperara. Parado en el borde de la calle comí esa noche, el carretón no regresó. Nos pusimos de acuerdo y escondimos la basura dentro del cuarto para poder tener otra noche de buena convivencia.
Al día siguiente, con más experiencia en el asunto de la basura, dediqué la mañana a descansar. Por la tarde fue menester esperar el carretón, pero no pasó. Teníamos en el cuarto varias bolsas de nailon llenas de desperdicios dentro de un saco. Esa noche casi no pudimos dormir, los ratones habían descubierto el basurero particular y se pusieron a merodear debajo de la cama. Temíamos por nuestra hija, y nosotros, así que me mantuve la vigilia. Por la mañana, esperé estar solo para sacar el saco de debajo de la cama y salir con él al hombro. Al llegar a la intercepción fui detenido por un patrullero.
–Ciudadano, ¿usted no es de la zona?


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