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sábado, 2 de marzo de 2013

El Héroe y el vendedor, 1ra parte

Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"


–¡Ven acá, maricón, tú también te vas con nosotros! –gritó un policía vestido de civil a un vendedor que blandía con saña por la solapa de la camisa.
–Por su madrecita, yo no estoy en na´ –suplicó asustado el hombre, al sentir la punta del arma que amenazaba con volarle los sesos. Después fue lanzado sobre un carretón de madera detenido sobre el portal del bar. 
–Te voy a matar aquí mismo so´ desgracia´o –aseguró el agente.
Sonó un disparo y José Ramón, que a escasos metros combatía en franca desigualdad, cayó al suelo. El vendedor mojó sus pantalones, y debajo del carretón se dibujó un gran charco de orina; se sintió atravesado.
–Yo solo soy un vendedor de frutas, se lo juro –suplicó llorando, mientras José Ramón era arrastrado herido a la perseguidora. En ese momento lo creyeron muerto.
–Deja ese hombre, es gente buena –dijo uno de los policías, presto a subir al carro patrullero, sin dejar de ajustarse el uniforme.
–¿Este no es el que andaba con el otro? –insistió el guardia vestido de civil. El vendedor seguía suplicando su inocencia.
–Vamos, monta y deja a ese hombre que es gente nuestra –reiteró el uniformado que era el jefe del carro. El vendedor fue liberado y la perseguidora salió a toda prisa, mientras se escuchaba un disparo dentro de ella.
El antiguo vendedor agonizaba, sin tiempo apenas para exonerarse ante mí. 


Puedes continuar leyendo en la próxima entrada de este blog, te esperamos,

o puede comprar el libro en solo 1 USD en: http://www.amazon.com/dp/B005S1TZSY
o en: http://www.smashwords.com/books/view/95876?ref=AlbertoAcostaBrito


También encontrará novelas, otros cuentos para adultos e infantiles y poesía del autor a iguales precios en: http://www.amazon.com/-/e/B005S005YI
y en http://www.smashwords.com/profile/view/AlbertoAcostaBrito

domingo, 18 de noviembre de 2012

El Héroe y el vendedor, 1ra parte

Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"


–¡Ven acá, maricón, tú también te vas con nosotros! –gritó un policía vestido de civil a un vendedor que blandía con saña por la solapa de la camisa.
–Por su madrecita, yo no estoy en na´ –suplicó asustado el hombre, al sentir la punta del arma que amenazaba con volarle los sesos. Después fue lanzado sobre un carretón de madera detenido sobre el portal del bar. 
–Te voy a matar aquí mismo so´ desgracia´o –aseguró el agente.
Sonó un disparo y José Ramón, que a escasos metros combatía en franca desigualdad, cayó al suelo. El vendedor mojó sus pantalones, y debajo del carretón se dibujó un gran charco de orina; se sintió atravesado.
–Yo solo soy un vendedor de frutas, se lo juro –suplicó llorando, mientras José Ramón era arrastrado herido a la perseguidora. En ese momento lo creyeron muerto.
–Deja ese hombre, es gente buena –dijo uno de los policías, presto a subir al carro patrullero, sin dejar de ajustarse el uniforme.
–¿Este no es el que andaba con el otro? –insistió el guardia vestido de civil. El vendedor seguía suplicando su inocencia.
–Vamos, monta y deja a ese hombre que es gente nuestra –reiteró el uniformado que era el jefe del carro. El vendedor fue liberado y la perseguidora salió a toda prisa, mientras se escuchaba un disparo dentro de ella.
El antiguo vendedor agonizaba, sin tiempo apenas para exonerarse ante mí. 


Puedes continuar leyendo en la próxima entrada de este blog, te esperamos,

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miércoles, 27 de junio de 2012

Arcoiris de cuentos para niños


Si tienes un niño de entre 3 y 12 años, puedes comprarle el libro “Arcoiris de cuentos” que contiene 35 cuentos infantiles contados lo más cercano posible al intelecto infantil, tal y como lo pudiera escribir un niño de 6, 7 u 8 años. A través de sus situaciones y personajes se pueden inculcar los más primogenios valores humanos. Cuentos sencillos, pero cargados de enseñanzas que harán de los niños mejores personas.

http://www.amazon.com/dp/B005RFFNC8

domingo, 1 de abril de 2012

Preámbulo para un suicida


Me busqué en esa maldita lista, pero mi nombre no apareció. Al salir del teatro tenía la cabeza a punto de estallar; en la garganta se atoraba un nudo. No sabía cómo enfrentar la situación en la casa. A mi esposa le había negado, muchas veces, mi atención en aras del trabajo, poniéndola incluso a soñar con las divisas que ganaría al ser reabierta la fábrica, daba por seguro mi permanecía en el centro laboral.
–¿No estás ahí? –dijo Amable, un compañero que también se buscaba, y al contestarle negativamente sugirió que revisara en las listas puestas frente a la Administración–. En aquellas debes de estar –aseguró.


Crucé la calle con actitud suicida al finalizar la jugarreta montada tras la bambalina del teatro, del otro lado alguien esperaba.
–¿Estás loco? ¿O te quieres morir? –dijo Mario, un antiguo amigo de clases.
–Loco no estoy –respondí bien molesto.
–No permitiré que cometas una locura, menos ahora que vamos a ser yuntas. Te invito a tomar unos tragos, sé que no eres bebedor, pero hoy la ocasión lo amerita, vamos a ser compañeros en la pincha –aseguró Mario. 
Me dirigí al lugar indicado por Amable y desesperado busqué en los listados frente a la administración. Mi nombre no apareció, esto me llevó a entrar a la oficina donde fui recibido por el administrador que esbozaba una sonrisa y fumaba un gran Habano.


–Ven, mi yunta, te invito a tomar unos tragos, sé que no eres bebedor, pero hoy la ocasión lo amerita, vamos a ser compañeros en la pincha, aseguró.
No entendía las palabras de Mario, mi infortunio lo mantenía en absoluto secreto, y ser su compañero era estar en la calle metido en negocios turbios con dinero siempre en los bolsillos, cosa que no se ceñía a mi vida austera y laboriosa. Por un momento pensé que era un reclutamiento para alguna de sus sinvergüencerías. No abrí la boca, me encontraba atormentado, lo sucedido detrás de las bambalinas del teatro, me tenía con desgano. Acto seguido Mario me tomó por un brazo arrastrándome a un bar cercano.


–¿Qué se le ofrece, compañero? –dijo el administrador en tono muy pausado pese a mi forma brusca de entrar.
–Vine a que me explique el porqué quedé fuera de todas esas listas.
El administrador absorbió una bocanada del oloroso tabaco, convidándome a sentar, su serenidad hizo que lo obedeciera sin decir una palabra.
–Trae dos laguer bien fríos –pidió mi amigo al cantinero. Nos sentamos y me acodé en la barra para sostener la cabeza.
–Cerveza no, si voy a tomar quiero algo que me raspe la vida.
–¡Oh, qué bien!, mejor así, yo también soy bebedor fuerte... pon dos vasos con vodka y una naranjada –volvió a ordenar Mario.
Con los dos vasos llenos de vodka mi amigo propuso un brindis.
–¿Brindis?... ¿Por qué?
–Porque vamos a ser yuntas en la pincha, yo te enseño a meter cabeza y tú me alumbrarás dentro de la fábrica, llevas un montón de años dentro del monstruo.
Aunque estaba claro lo que decía Mario, seguía sin entenderlo, no tenían lógicas sus palabras. Lo observé con detenimiento antes de emitir criterio alguno, él permanecía bebiendo y concentrado en su vaso de vodka pintado de naranjada, yo el mío ni lo tocaba. Se divertía con su vaso y mi recelo, al tiempo que esperaba mis palabras.


–Mire, compañero, nosotros solos no hicimos la selección, estuvieron presentes todos los factores del centro, incluyendo el socio extranjero y la comisión fue presidida por el sindicato, quien dio el visto bueno –aclaró el futuro gerente.
–¿Cómo el sindicato va a dar el visto bueno a mi despido? Si yo estoy lleno de méritos, era hasta Vanguardia provincial. ¡Coño!, estúpido que fui. ¿Con qué cara digo en casa que quedé fuera de la fábrica?
El futuro Gerente solo me observaba fumando el gran Habano, no hizo el más mínimo de los gestos, atendía como si calculara una respuesta.


–Oye, compadre, ¿cómo si la fábrica está cerrada y no se sabe cuando vuelve a abrir, ni quienes se quedarán trabajando en ella, vas a venir con tanta seguridad a decirme que seremos compañero de trabajo?
–Voy a entrar por uno de los cursos que pusieron a convocatoria –contestó Mario.


–No se ponga así, compañero… –dijo el administrador–, el Estado no deja desamparado a nadie. ¿Usted se buscó en el listado que está en el pasillo?
–Sí, es por eso que estoy aquí.
El administrador hizo una mueca de asombro.
–Entonces le otorgaron un curso que no le gustó, ¿es eso?
–No, creo que he sido bien claro, ¡no aparezco ni en los centros espirituales!
–¡Tiene que existir un error! El consenso sobre usted era insuperable.
–Esa es mi esperanza, que exista algún error.


Lo miré sorprendido, él se mostró risueño con su vista clavada en mí, ya nos veíamos, nuestras pupilas se habían adaptado a la penumbra del bar. Recordaba el pasado, la época en que estudiábamos, realmente Mario cursaba dos cursos por encima del mío.
–Es imposible que puedas entrar a la fábrica por uno de esos cursos –le dije.
Después hice algunos análisis. La convocatoria de los cursos no es muy específica, no aclara la procedencia de los aspirantes, pero está bien definido, como un requisito inviolable e indispensable, el límite de edad.
–Dame una razón que me imposibilite entrar en uno de ellos –respondió desafiante Mario interrumpiendo mi meditación.


El administrador se levantó de su butacón, salió en dirección al lugar donde estaban colgadas las listas, las husmeó por un rato hasta que decidió regresar.
–Dígame, ¿Qué edad tiene usted?
–Treinta y cinco.
–¿Cumplido o por cumplir?
–Hace tres meses que los cumplí.
–Esto me dice que cuando se reunió la comisión ya había cumplido los treinta y cinco años –el futuro Gerente hizo un brusco movimiento de cejas.
–¿Qué tiene que ver mi cumpleaños con quedar fuera; sin trabajo?
–Usted no ha quedado sin trabajo, mejor diríamos, que está por reubicar, además tiene derecho a reclamar ante su sindicato. Le pregunté su edad para ganar en claridad y poder explicarle su situación –dijo el administrador comunicándome que los cursos eran para menores de treinta y cinco años.


–Compadre, no sea porfiado, ¿tú no leíste la convocatoria? –dije a Mario quien confesó que a través de otro amigo conoció de la convocatoria, que nunca leyó y el mismo amigo hizo la solicitud entregándola a su nombre.
–¡Tu amigo no te habló claro!... ¡Existe un límite de edad para entrar en esos cursos y tú estás bastante pasadito! –afirmé frente a Mario quien siguió bebiendo feliz, risueño; muy seguro de entrar al curso. Ya iba por el tercer vaso de vodka, el mío se mantenía intacto, pero el tipo me simpatizaba y llegué a solidarizarme y hasta creí comprender su actitud panglosiana. Éramos dos incautos de sueños truncados. Yo perdía mi trabajo, mis sueños de cobrar divisas. Él, su curso y su sueño de volver a ser mi compañero.


–¡Qué clase de mierda me han hecho! –grité en las oficinas, no podía creer lo que sucedía, apenas por treinta días de vida perdía la permanencia laboral.
En ese mismo momento hice la primera reclamación, teniendo cuidado que nadie se enterara en la casa, estaba seguro de que mi reclamo era irrebatible. Las listas se marchitaban en los murales, casi a diario iba a revisarlas con la esperanza de que mi nombre apareciera en una de ellas, hasta que recibí una citación para el teatro de la fábrica. Ese día fui dispuesto a defender mis derechos frente a los de la comisión, y ante un representante sindical salido de no sé dónde.

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miércoles, 15 de febrero de 2012

El Héroe y el vendedor, 2da parte


El antiguo vendedor agonizaba, sin tiempo apenas para exonerarse ante mí. La muerte al parecer le había dado una tregua, según los médicos debió morir desde hacía días. Una escena se le veía congelada en su mente. Tal pareciera que aquel joven era abatido en ese mismo instante. El ruido de los proyectiles aún zumbaba en sus oídos, podía escucharlo a través de sus pupilas lánguidas, casi muerta, diría. Nunca ocultó su miedo ni su incomprensión ante aquellas balas. Contó mientras pudo sobre el silbido de la bala, que derribó al joven combatiente, y jamás olvidó las ofensas y el forcejeo cuerpo a cuerpo que antecedieron a la muerte.
Pasé trabajo para que alguien pudiera dar fe de lo acontecido, a pesar de que el nombre de José Ramón anda mezclado en la vida que transito.
Solo sé que es un mártir, desconozco su historia, fue la primera respuesta que obtuve en una dependencia estatal que llevaba su nombre. Durante días anduve indagando por las bibliotecas, y poco pude lograr, a pesar de la colaboración de sus trabajadores. No existía documentación ni libros que mencionaran el nombre del muchacho que había muerto ese día. En la Unión de Historiadores de Cuba nada tenían al respecto. Pensé que fue un hombre irrelevante y que el miedo que provocó su muerte al vendedor fue exagerado. Pero... ¿y la historia oída tantas veces? ¿Y el miedo en el rostro del vendedor y su angustia al contar lo sucedido? Tenía la versión del hecho bien concebida:
Dos jóvenes se bajaron de una ruta 28 en la parada frente al Jalisco Park. Dejaron la calle 23 y siguieron por 18.
–Toma el arma –dijo José Ramón, al sospechar que el hombre frente al bar de Miguel era un policía vestido de civil; el arma iba oculta en la cintura, trató de pasársela a su colega.
–Quédate con ella... a ti es al que buscan –insistió el compañero titubeando. Hubo un segundo de discordia, hasta que con gran tensión José Ramón pudo colocar el cuarenta y cinco en la cintura de su acompañante.

lunes, 13 de febrero de 2012

Arcoiris de cuentos, cuentos infantiles


35 cuentos infantiles contados lo más cercano posible al intelecto infantil, tal y como lo pudiera escribir un niño de 6, 7 u 8 años, a través de sus situaciones y personajes se pueden inculcar los más primogenios valores humanos. Cuentos sencillos pero cargados de enseñanzas que harán de los niños mejores personas.
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