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viernes, 24 de febrero de 2012

Preámbulo para un suicida, cuentos para adultos




Sinopsis:
La ambiguedad social de los años sesenta reflejada en los niños de una familia acosada por la sociedad y la miseria, el relato más extenso publicado sobre un héroe casi ignorado, el renacer de la nueva sociedad cubana pos soviética vista desde la angustia de un obrero vanguardia, una breve pasada a los años 80, las visicitudes de un pueblo asfixiado entre dos aguas.

Puede comenzar a leer aquí en una próxima entrada o en:
http://albertoacostabrito.galeon.com/paginas/Adultos.html
 
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martes, 21 de febrero de 2012

La basura y yo (3ra parte)


Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"

–Mi vida, ¿botaste la basura? –fueron sus primeras palabras.
–Sí.
–¡Qué extraño! El carretón de la basura viene por ahí, y nunca pasa dos veces. 
–¿Cómo que el carretón? –dije asombrado.
–Sí, el carretón de la basura lo dejé atrás cuando venía. Yo no sé dónde la habrás botado, pero por no oír a mi madre pelear, no me interesa lo que hiciste con la bolsa.
Había caminado casi diez kilómetros por gusto. No tuve valor de sincerarme, suele ser desagradable hacer el papel de ridículo. Opté por callar y esperar el carretón del siguiente día. Al llegar mi suegra en lo primero que recabó fue en la basura y al ver no verla se mantuvo relajada el resto del día. Pasamos una noche de feliz convivencia. Amaneció y la rutina volvió a nosotros. Mi esposa se despidió con un beso, y mostrándome otra bolsa llena de desperdicios dijo:
–Amor, acuérdate de tu misión, de ella depende nuestra tranquilidad.
Estuve pendiente todo el día del carretón, cada vez que sentía los cascos de algún caballo sobre el asfalto o el crujir de un coche, bajaba las escaleras con las dos bolsas de basura. Al llegar la tarde y mi esposa, las piernas me pesaban.
–¿Te sientes mal? –dijo al verme acostado.
–No, estoy cansado.
–¿Escribiste mucho?
Respondí con una sonrisa irónica, después le conté lo difícil que se hacía identificar el carretón de la basura. De pronto se escuchó el sonar de una campana.
–Oye, mi amor, ese es el carretón, siempre toca un cencerro, y corre, que está cerca y no espera mucho.
Corrí escaleras abajo, deteniéndome en el borde de la calle, ahí esperé un buen rato hasta que oí gritar:
–Sube, amor, que fue una falsa alarma, él pasa primero por la calle de atrás.
El carretón pasó por la calle de atrás, por la de los costados y por varias más, siempre sonando los metales. Bajé tantas veces como sonó la campana. Cuando le tocó el turno a mi infortunada calle, bajé una vez más. El carretón recogía la basura de los edificios de la cuadra que colinda, pero no tuve fuerzas para llegar allí. Al concluir la recogida en aquel lugar, el carretón dio media vuelta, pero antes el carretonero hizo una seña con la mano indicándome que estaba lleno, que lo esperara. Parado en el borde de la calle comí esa noche, el carretón no regresó. Nos pusimos de acuerdo y escondimos la basura dentro del cuarto para poder tener otra noche de buena convivencia.
Al día siguiente, con más experiencia en el asunto de la basura, dediqué la mañana a descansar. Por la tarde fue menester esperar el carretón, pero no pasó. Teníamos en el cuarto varias bolsas de nailon llenas de desperdicios dentro de un saco. Esa noche casi no pudimos dormir, los ratones habían descubierto el basurero particular y se pusieron a merodear debajo de la cama. Temíamos por nuestra hija, y nosotros, así que me mantuve la vigilia. Por la mañana, esperé estar solo para sacar el saco de debajo de la cama y salir con él al hombro. Al llegar a la intercepción fui detenido por un patrullero.
–Ciudadano, ¿usted no es de la zona?


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martes, 14 de febrero de 2012

"La basura y yo" (2da parte)

Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"
–¿Dónde está el tanque? –pregunté a un vecino.
–Sigue recto por esta calle y lo vas a ver al final –señaló con un dedo.
Seguí la indicación. Caminé recto. Crucé una carretera que interceptaba la calle por donde caminaba. Pero por mucho que me alejaba no veía tanque alguno. Un tanque de basura no puede estar tan lejos, murmuré. Busqué donde orientarme. Vi una escuela no muy lejos de la ruta.
–Muchacho ¿dónde está el tanque?
–Puro, todavía te falta un poquito –dijo un deportista que trotaba en los alrededores de la escuela– dobla en la esquina y sigue hasta la entrada del reparto Saigón, cuando llegues a su entronque camina calle arriba, el tanque lo tendrás frente a ti.
Así lo hice. Cuando llegué al entronque me detuve a reflexionar: Por eso mi suegra quiere quitarse el problema de la basura. ¡Claro! Mejor manda al que no es familia antes que a su hijo ¡Qué se reviente el agregado! Lo voy a hacer hoy porque se lo prometí a mi esposa. Y doblé calle arriba hasta llegar a la falda de una loma, donde había un inmenso tanque de agua, mucho más grande que otros dos tanques de agua vistos por el camino, pero el que buscaba no estaba. A un costado intenté dejar la bolsa y un inspector salido de la nada lo impidió aplicándome un decreto ley por arrojar basura en la vía pública.
–¡Vaya multa la que recibí! –El círculo permanecía compacto, Isis y los vecinos escuchaban con asombro.
Con la bolsa de desperdicios regresé a la casa, mi esposa estaba por llegar, por lo que la oculté debajo de la cama.
–Mi vida, ¿botaste la basura? –fueron sus primeras palabras.


Puede seguir leyendo en la próxima entrada...

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lunes, 13 de febrero de 2012

La basura y yo (1ra parte)


Cuento que aparece en el libro "Preámbulo para un suicida"

Fregué el contenedor de la esquina antes de botar la basura, lo pulí con un paño que tenía reservado para tal fin. Mi hermana que me vio desde la ventana de la casa me creyó loco. “¿Pero que hace ese?”, se preguntó. Primitivo barría la calle cerca de mí. Hablé unas palabras con el contenedor. “Gracias”, le dije… “gracias por servirme”. El barrendero me sorprendió, una vez más, en ese trance. “Buenos días”, dijo, sin alarmarse. Jamás cuestionó mi extraña manía ni hacía comentarios al respecto. Era un hombre discreto, por ese motivo lo consideré mi amigo. Le contesté el saludo y le brindé café caliente, acabadito de colar, dije. Primitivo extendió la mano al momento para sujetar el termo que tenía delante.  
–No te lo tomes todo que faltan los compañeros del camión de recogida –dije.
–El camión no va a pasar hoy, está roto.
–¡No me digas! ¡No puede ser! –entré en pánico de imaginar que volvería a sufrir la pesadilla vivida en Nueva Gerona. Las piernas perdieron fuerzas obligándome a sentar en el contén. Primitivo, asustado al verme palidecer, fue en busca de ayuda.
–¿Qué te pasó, mi hermano? Vamos, vamos al médico –dijo Isis al llegar.   
–No hace falta, ya estoy recuperado.
–Dime, hermano ¿qué te hizo esa mujer que has venido así? –insinuó Isis, sentándose en el contén, y con gesto de lástima se dedicó a acariciarme las mejillas.
–Con ella no tengo problema, fue con el señor de la basura. Por su culpa, el número cuatro me separó de la familia.
Primitivo y mi hermana no entendían. Me creían loco, sus miradas los delataban. Sonreí con dolor, tomándola por la mano y ella insistió en su curiosidad.
–¿Ustedes no se divorciaron?
–No, lo triste es que nos queremos. Aquí no tengo donde vivir con ella, y de allá me botaron.
–¿Quién te botó de la Isla, mi hermano? ¿Por qué no has contado lo que te sucedió?
Primitivo se mantenía atento a la conversación absteniéndose de hacer preguntas.
–El número cuatro, Isis, se aprovechó del altercado con el señor de la basura para expulsarme y prohibirme la entrada en el municipio.
–¿Quién es ese extraño señor, el de la basura… y el otro tipo, el cuadrado?, ¿De verdad son tan poderosos cómo para sacarte de la Isla y no dejarte entrar?
El problema me lo había reservado. Solo de pensar en el asunto se me hacía un nudo en la garganta.
–Ven, hermanita, siéntate a mi lado, voy a explicarte. 
Fuimos rodeados por varios vecinos que llegaron a auxiliarme y se quedaron a escuchar mi historia.
Después de casarme fui a vivir a casa de mi suegra. Los primeros meses estuve al margen de los asuntos domésticos. Me había concentrado en mi poesía. ¿Y el artista qué hace…? Decía mi suegra molesta, todos los días. Me vi obligado a asumir algunas obligaciones en la casa. Pasé a ser el responsable de la evacuación de los desperdicios domésticos.
–Puedes irte tranquila, amor, no olvidaré botar la basura –le aseguré a mi esposa en la puerta de la casa.
Ella iba a trabajar. Antes dejaría a nuestra hija en el círculo infantil. Siempre salía preocupada por la basura, temía un olvido mío. Mi responsabilidad me había sido impuesta por su madre que era de armas tomar. De ahí la preocupación. Quedé solo en casa con mis poemas. Después de trabajar un rato en la computadora y antes que me adormeciera por su encanto, salí con una bolsa de nailon llena de basura e intenté botarla. Al llegar a la esquina no vi tanque ni contenedor alguno, por un rato husmeé en los alrededores.
–¿Dónde está el tanque? –pregunté a un vecino.

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